Andrés Cardona Giorgi
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Psicología y psicoterapia

Un suelo para caminar juntos: el vínculo en la psicoterapia

El vínculo no lo es todo en psicoterapia, pero sin él nada de lo demás puede construirse.

AC
Andrés Cardona GiorgiPsicólogo clínico y psicooncólogo
27 de octubre de 2026 · 7 min de lectura

Nadie camina sobre el vacío. Antes de dar un paso, aunque no lo pensemos, el cuerpo necesita saber que algo lo sostiene: un suelo que no va a ceder, una superficie lo bastante firme para atreverse a moverse. Solo después vienen la dirección, el ritmo y el destino.

Así pienso el vínculo terapéutico. No como el lugar al que se llega, sino como el suelo sobre el cual dos personas pueden caminar. Una psicoterapia puede tener las mejores intenciones y las técnicas más precisas, pero si ese suelo no existe, todo lo que se construya encima tiembla.

Un lugar seguro no es un lugar quieto

Solemos confundir la seguridad con la comodidad. Pero un vínculo seguro no es aquel donde nada incomoda, sino aquel donde lo incómodo puede aparecer sin que la relación se rompa. Es como la red bajo el trapecio: nadie la tiende para quedarse acostado en ella, sino para atreverse al salto.

Cuando alguien encuentra ese lugar, se abre una oportunidad. Puede pensar lo que antes no se permitía pensar. Puede sentir lo que había aprendido a esconder, a veces incluso de sí mismo. Puede ensayar otra manera de pedir, de poner un límite, de equivocarse. Y puede hacerlo frente a alguien que no se va.

Muchas personas llegan a consulta sabiendo bastante de su historia. Lo que les falta no es información, sino un lugar donde ese saber pueda moverse, donde una forma antigua de pensar y de sentir deje de ser la única posible. Es la distancia que hay entre conocer un camino y atreverse a recorrerlo.

En ese suelo ocurren cosas que no siempre se ven. Se sostiene, como sostienen unas manos abiertas: sin apretar y sin soltar. Se cuida lo que se dice por primera vez, que llega frágil y no soporta ser apurado ni convertido demasiado pronto en explicación. Se acompaña caminando al lado, nunca adelante, porque el destino no le pertenece a quien acompaña. Y se crea: entre dos personas que se toman en serio aparecen preguntas y palabras que ninguna de las dos traía al llegar. Lo nuevo no está en una ni en la otra. Brota en el espacio entre ambas.

Bordes y grietas

Todo suelo tiene bordes. La hora que empieza y termina, la cita que se repite, el secreto que guarda lo dicho: eso que en la clínica llamamos encuadre no es un trámite. Es la forma que impide que lo de adentro se derrame. Como las orillas de un río, que no le quitan fuerza al agua sino que le dan un cauce, los límites son parte de lo que vuelve libre el encuentro. Uno puede decirlo todo, precisamente porque sabe dónde están los bordes.

Y todo suelo cruje alguna vez. Una palabra que hirió sin querer, una pregunta que llegó antes de tiempo, una ausencia de la que no se habló. Jeremy Safran y Christopher Muran llamaron a estos momentos rupturas de la alianza, y mostraron que no son necesariamente un fracaso. Un vínculo no se mide por la ausencia de grietas, sino por lo que se hace con ellas.

Muchas personas han vivido vidas enteras en las que las rupturas no se hablaban. Alguien se iba, alguien callaba, alguien aprendía que decir esto me dolió ponía en riesgo el afecto. Cuando en terapia algo se quiebra y ambos pueden detenerse a mirarlo, sin defenderse ni marcharse, la grieta se vuelve puerta. Para muchas de ellas es la primera vez que una ruptura no termina en abandono ni en silencio. Eso no se aprende con una explicación: se aprende viviéndolo.

Cuando una ruptura puede hablarse, deja de ser un final y se convierte en un umbral.

Estar

Pocas experiencias muestran con tanta claridad el valor del vínculo como acompañar a una persona con cáncer y a su familia. La enfermedad trae preguntas para las que nadie tiene una respuesta exacta: cómo hablarlo con los hijos, qué decir ante un resultado que no era el esperado, cómo cuidar a alguien sin dejar de cuidarse.

Y enseña algo que pocos manuales nombran: la impotencia. Hay cosas que ni el mejor vínculo puede cambiar. Frente a ellas aparece la tentación, en los profesionales y en las familias, de tener siempre algo que hacer, algo que decir, algo que resolver. Como si el valor de nuestra presencia dependiera de la precisión de nuestras respuestas. Pero no siempre hay que saber con exactitud qué hacer. A veces basta con estar, genuinamente y de corazón.

Estar no es resignarse. Es renunciar a la omnipotencia sin renunciar a la presencia. Es quedarse cuando la conversación se vuelve difícil y tolerar la incertidumbre sin llenarla de frases hechas. Es como una lámpara encendida en una casa desconocida: no cambia el lugar de las cosas, pero permite moverse entre ellas sin tropezar. Quizá por eso puede ser un alivio para una familia descubrir que no necesita tener todas las respuestas para ser una compañía valiosa.

Saber para poder no saber

Dicho todo esto, no creo que el vínculo lo sea todo. Afirmarlo sería injusto con quienes consultan, que merecen algo más que buena voluntad. Un suelo firme es indispensable, pero sobre él hay que caminar, y caminar bien exige rigor técnico. Exige conocer cómo se organiza el sufrimiento humano, formular con cuidado lo que ocurre, saber cuándo una intervención ayuda y cuándo estorba, y reconocer cuándo hace falta trabajar con psiquiatría o con otros profesionales.

Pero el rigor, por sí solo, puede volverse una armadura. Por eso necesita una curiosidad genuina. Gianfranco Cecchin propuso entender la curiosidad como una postura del terapeuta: la disposición a seguir buscando otras explicaciones posibles, sin enamorarse de la primera hipótesis. Esa curiosidad es una forma de respeto. Es decirle a alguien, a través de las preguntas, que su vida es más compleja que cualquier etiqueta.

Y la curiosidad se alimenta de una postura de ignorancia. No la de quien no se ha formado, sino la renuncia a creer que ya sabemos quién es el otro. Harlene Anderson y Harold Goolishian la llamaron una postura de no saber: el conocimiento del terapeuta no está para cerrar la conversación, sino para abrirla.

Pienso en los músicos. Un músico estudia escalas durante años no para recitarlas en el escenario, sino para poder olvidarlas cuando otro propone algo inesperado. El rigor clínico funciona así: se estudia para poder escuchar. La técnica que no sabe callar se vuelve ruido; la ignorancia que nunca estudió se vuelve improvisación vacía. Entre ambas, en ese equilibrio delicado, está el arte de acompañar.

Una voz propia

Hay algo que me conmueve profundamente: ver cómo, a través de un vínculo seguro con su terapeuta, una persona puede transformar también el vínculo que tiene consigo misma.

Muchas personas se tratan por dentro como fueron tratadas por fuera. Se exigen sin descanso, se juzgan con dureza, se ignoran cuando algo les duele, se hablan con una voz que no usarían con nadie a quien quieran. Esa manera de relacionarse consigo no surgió de la nada: se aprendió en vínculos. Y lo que se aprendió en un vínculo puede transformarse dentro de otro.

Pero no se trata de que la voz del terapeuta se instale adentro, como un inquilino nuevo que reemplaza al anterior. Eso sería cambiar una dependencia por otra. Se trata de que, en el eco de una voz que la escuchó sin juzgar, la persona descubra que tenía una voz propia. Siempre estuvo ahí, esperando un lugar donde ser oída.

Entonces lo que se encontró dentro del consultorio empieza a construirse afuera: en la manera de amar, de poner límites, de pedir ayuda, de habitar el cuerpo, de atravesar la enfermedad o la pérdida. La terapia no termina en la sala; ahí apenas se ensaya. La vida es el escenario donde lo nuevo se vuelve real.

Por eso un buen vínculo terapéutico tiene un destino singular: está hecho para terminar. No porque lo vivido pierda valor, sino porque cumple su propósito cuando la persona puede caminar sin él. Casi nadie recuerda el suelo sobre el que aprendió a caminar. Pero todos sabemos lo que cambia en el cuerpo cuando, por fin, sentimos algo firme bajo los pies. Y lo que cambia después, cuando descubrimos que esa firmeza, de algún modo, ya era nuestra.

Para quien quiera leer más

Anderson, H., & Goolishian, H. (1992). The client is the expert: A not-knowing approach to therapy. En S. McNamee & K. J. Gergen (Eds.), Therapy as social construction (pp. 25–39). Sage.

Cecchin, G. (1987). Hypothesizing, circularity, and neutrality revisited: An invitation to curiosity. Family Process, 26(4), 405–413.

Safran, J. D., & Muran, J. C. (2000). Negotiating the therapeutic alliance: A relational treatment guide. Guilford Press.

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